Hace poco, hablando con un amigo al que también le gusta escribir, recibí un gran consejo acerca de mi blog; me dijo que quizás lo estaba haciendo demasiado técnico y que podría ser bueno enforcarlo un poco más hacia el lado personal. Y supe que tenía razón, que quizás debía plasmar un poco más mi propia experiencia a la hora de escribir y tratar de haceros algo más partícipes del blog, en vez de limitarme a aspectos puramente teóricos sobre la novela. Así que en algunas de las entradas voy a intentar hacerlo.
Otra sugerencia por parte de este amigo fue dedicar alguna entrada a ese momento en el que volvemos a releer algún antiguo escrito, aunque prácticamente nos lo sepamos de memoria, y de pronto sentimos dudas hacia él. Me explico...
Uno de los consejos que siempre he encontrado cuando buscaba pautas a la hora de tratar de publicar una historia, es ese en el que dicen que es bueno dejar reposar tu escrito y retomarlo un tiempo después, para verlo con otros ojos, con otra frescura. Cuando terminé la primera versión de Fotografiar la lluvia, y viendo que no estaba del todo satisfecha con el resultado, pensé que sería conveniente dejarla reposar, y que después de un tiempo decidiría si merecía la pena hacer algo con ella o no. Sabía que corría un riesgo, y era que al volver a poner aquel documento frente a mí, me sintiera demasiado decepcionada.
No sé si a vosotros, a los que escribís con frecuencia y conseguís terminar lo que habéis empezado (cosa que yo, lamentablemente, muchas veces no consigo) os ha pasado que después de bastante tiempo, cuando habéis vuelto a leer algo de lo que os sentíais orgullosos, de pronto habéis sentido que no era para tanto, o incluso habéis resoplado y pensado "¿esto lo he escrito yo?". Bueno, esta última pregunta no me la he hecho nunca, realmente, pero sí he pegado ese resoplido. Siempre trato de colocar cada cosa en su época, es decir, no puedo pedir demasiado de algo que escribí, por ejemplo, en la adolescencia (es por ello por lo que quizás nunca trataré de leer aquellos relatos infantiloides), e intento pensar el por qué de lo que plasmaba en las hojas (cuando escribía a mano). Es decir, trato de ser comprensiva conmigo misma y no hacer una autocrítica demasiado destructiva.
Sin embargo, hace poco me pasó que quise volver a leer una novela que escribí hace unos diez años y de la cual me sentía bastante orgullosa. Recuerdo que entonces se la dejé leer a cierto número de personas y les pedí que me hicieran una valoración, que trataran de ser sinceros y, en la medida de lo posible, me indicaran los fallos, lo que cambiarían, lo que les gustaba... Aquella novela la había escrito con mucha ilusión y mucho empeño, tenía a los personajes en mi cabeza como si se tratara de una película, y los adoraba, creía realmente en ellos. Además, a excepción de los relatos de cierta extensión de la adolescencia, era el primer escrito en formato novela que conseguía terminar. La leí y releí varias veces, y me gustaba tanto la historia que incluso me planteé dar ese paso adelante y enviarla a algunas editoriales.
Por fortuna, no lo hice.
Cuando la retomé hace unos meses, me llevé las manos a la cabeza ¡Tenía tanto que modificar! De hecho, ni siquiera he podido terminarla. Sigo creyendo en gran parte de la historia, y me siguen gustando mucho los personajes, así que creo que quizás merecería la pena, en otro momento, más adelante, tratar de hacer algo nuevo con ella, es decir: reescribirla. Pero desde una nueva perspectiva, con mi yo de ahora.
Creo que ha sido un poco frustrante para mí. Cuando has creído tanto en algo y con el paso del tiempo descubres que no era para tanto... no sé, sientes incluso algo de vergüenza. Por fortuna, no me ha pasado con algunos de los escritos de los que también me he sentido orgullosa. Muchos de ellos tendrán un montón de fallos, pero soy capaz de leerlos de principio a fin.
Así que temo un poco que con Fotografiar la lluvia llegue a pasarme lo mismo... La verdad es que no transcurrió mucho tiempo desde que terminé la primera versión hasta que me embarqué en la segunda, porque no podía desconectar de ella ni deshacerme de los personajes. ¿Alguna vez habéis sentido esa especie de enamoramiento hacia vuestras propias criaturas? He llegado a obsesionarme un poco con ella, para ser sincera, y aún hoy todavía la tengo en mi cabeza. Por eso creo que siempre podría jugar a dejar pasar un tiempo y retomarla para tratar de verla con otros ojos, y siempre podría añadir cosas nuevas y modificar algunas otras. Así que, de momento, no lo haré (a no ser, claro está, que alguna editorial interesada me pida que lo haga). Pero ese temor está ahí. ¿Y si algún día resoplo y pienso "he escrito yo esto" de forma peyorativa?
¿Os ha pasado también a vosotros?